Nunca es agradable escribir
obituarios. Ni siquiera de quienes has admirado toda tu vida
Los
muertos ilustres entendiendo que desde el punto de vista
profesional es casi obligatoriamente necesario hacerlo para que
su trabajo no quede olvidado desde el mismo momento de su
defunción. Un engorro que roza lo trivial, lo oportunista,
aunque confieso que soy el primero en buscar la crónica para
saber que ha pasado y recordar su legado. El caso de Antonio
Atiénzar, Toño, posiblemente el mejor batería de Albacete en
toda su historia de música moderna es otra cosa. Como albaceteño
y amigo toca lo personal y eso es terriblemente más engorroso,
más complicado, mas... triste... porque andan confundidas las
palabras y la emoción, la objetividad con la desesperanza, la
tinta y la lágrima y en todo momento el desgarramiento y la
incomprensión. El hecho es que Toño, Toñito, a sus cuarenta y
tres años, no está ya entre nosotros. No estará mañana en El
Torito ni en el Cobalto, ni dando su magistral comprensión
rítmica en la Universidad Popular de Albacete ni en las pruebas
de sonido cuando Roy Hargrove se acerque dentro de unos días a
la capital. «Si Toño se ha ido nos podemos ir cualquiera»,
decían sus innumerables amigos en el sepelio. Una fulgurante
neumonía complicada con algún bicho satanesco se lo ha llevado
en un pis-pas, sin tiempo a que alguno nos enteráramos de su
dramática vigilia. Toño anda ya prestándole la batería a Art
Blakey, eso es un hecho incontestable. Maldita sea.
Si
hemos dicho, absolutamente convencidos, de que Antonio Atiénzar
ha sido el mejor batería de la historia de Albacete es porque
nos asiste su propio legado currado desde sus tempranos quince
años (también me consta porque eran los años que tenía cuando le
conocí) manoseando los tambores con Atlanta y Gris Viena,
aquellas bandas de jovenzuelos que se comían los ochenta a dos
carrillos. Joaquín Pascual el Membri, Eduardo González y Alberto
Cano andaban cerca. Y Juan Siquier y Jesús Naranjo que lo
ficharían para sus orquestas y experimentaciones. Y Franky,
que lo inmortalizó en su propia banda con aquellos guitarristas
sacados del Averno: Prisco y Antonio Fuentes. Y
Repúblika Gorila con Juan Carlos Rodríguez, Kilgore. De estilo
sobrio, Charlie Watts un suponer, y golpe exacto supo como nadie
medir los tiempos y las limitaciones de los ritmos que llegaban
y que tragaba según venían. Su alta escuela y su inagotable
experiencia le hizo imprescindible en compromisos inauditos.
Toño salía de ellos como el que va a por pan. Sus últimos años
los ha dedicado a la docencia y las actuaciones esporádicas
cuando llovían marrones de ausencias. Toño ha sido un gran tipo.
Un hombretón bueno. Lleno de amigos ahora envueltos en lagrimas
porque no ha dicho ni adiós.
Ahora, seguro que
junto al humo de los elegidos habrá un rincón para el. Seguro
que conocerá al barman de ése tugurio y al que pone microsurcos
de vinilo. También a aquel que vendía discos de importación en
los ochenta. Mirará bien por todos los rincones sorprendido de
no ver desconocidos. Nadie le desconocía. Nadie de los que ahora
mismo escuchan a Max Roach le habrá negado nunca un saludo.
Toño, levanta tu
jarra por nosotros que nos hemos quedado estupefactos en tu
supersónica despedida: ¿Pero esto que es?, ¿Qué forma es ésa de
decirnos adiós?, ya se que es tu estilo, la discreción y el poco
ruido (no con las baquetas precisamente), pero por mucho que lo
sientas y te lo permita tu extremada timidez, no son formas
Antonio, Toño, No vuelvas a hacerlo otra vez.